La Vanguardia, 30 enero 2000
Familias
OPINION Juan-José López Burniol
LA FAMILIA HA DEJADO de ser una realidad institucional rígida, de acceso exclusivo a
través del matrimonio
El derecho es una realidad histórica, por lo que la modificación del estatusjurídico preexistente
se inserta en un proceso de cambio, que hunde sus raíces en el pasado y se proyecta hacia el
futuro. Consecuentemente, el estudio de una institución jurídica ha de ser acometido desde una
perspectiva histórica. Lo que es doblemente cierto en derecho de familia, dada la profunda
imbricación de sus instituciones en el sustrato social de cada época, así como la interrelación
entre sus principios esenciales y el sistema de valores socialmente dominante.
Desde esta perspectiva, la situación de la que se procede en España, es la de un país en el
que la secularización del derecho de familia -la plena admisión del matrimonio civil y del
divorcio- llegó con siglo y pico de retraso, por lo que la consideración del matrimonio como
única forma de acceso a la realidad familiar está aún firmemente arraigada en amplios sectores
-aunque seguramente no mayoritarios- de la población. Pese a este punto de partida, la
sociedad española no es inmune a las tensiones que la familia está experimentando en la
actualidad. Así, Manuel Castells observa -en "La era de la información"- cómo el eje que ha
vertebrado la configuración tradicional de la familia -el patriarcado- ha entrado en crisis. En
efecto, la autoridad de los hombres sobre las mujeres y sus hijos, en el seno de la unidad
familiar, se ve desafiada -en este fin de milenio- por los procesos interrelacionados de la
transformación del trabajo y de la conciencia de las mujeres. ¿Por qué ha sucedido así, desde
los años 60? La razón se halla -a su juicio- en una combinación de cuatro elementos. Primero,
la transformación de la economía y del mercado laboral, en estrecha asociación con la apertura
de las oportunidades educativas para las mujeres. Segundo, la transformación tecnológica de
la biología, la farmacología y la medicina, que ha permitido un control creciente del embarazo.
Tercero, en este contexto de transformación económica y tecnológica, el patriarcado ha sufrido
el impacto del desarrollo del movimiento feminista. Y cuarto, la rápida difusión de las ideas,
propia de una cultura globalizada e inevitable en un mundo interrelacionado.
En este marco, la frecuencia creciente de las crisis matrimoniales y la dificultad, cada vez
mayor, para hacer compatibles matrimonio, trabajo y vida parecen asociarse con otras dos
fuertes tendencias: el retraso de la formación de parejas y la vida en común sin matrimonio. De
todo ello, junto con factores demográficos como el envejecimiento de la población y las tasas
de mortalidad diferentes según el sexo, surge una variedad creciente de estructuras de
hogares -de familias-, con lo que se diluye el predominio del modelo clásico de la familia
nuclear (parejas casadas en primeras nupcias y sus hijos) y se debilita su reproducción social,
proliferando los hogares unipersonales y los de un progenitor.
Hay quien efectúa una valoración negativa de la crisis de este tipo de familia. Así, Francis
Fukuyama sostiene -en un reciente ensayo acerca de las causas que explican, a su juicio, los
problemas del desorden social contemporáneo- que el primero y principal de los grandes
cambios acaecidos entre los años 1965-1995 es el declive de la familia, que él atribuye al
aumento del divorcio y a la ausencia de un compromiso cívico, puesto que la nueva familia rota
destruye, según él, la confianza y los hábitos sociales, debido a la ausencia de la figura del
padre y la falta de autoridad paterna. Lo cierto es que Fukuyama va muy lejos, pues llega a
afirmar que el trabajo asalariado de las mujeres y el control de la natalidad son los dos factores
fundamentales del cambio familiar, acompañados de los sistemas de protección social. Y
añade que precisamente la protección social fomenta la ruptura familiar, ya que la existencia
del "welfare"incita a la desviación, pues hace más soportables sus efectos. Este diagnóstico ha
sido tildado por Inés Alberdi como intencionadamente antifeminista, en cuanto que culpa, como
causantes de los problemas que se nos presentan a todos, sólo a las mujeres, que son quienes
más recientemente se han liberado de las ataduras y las dependencias a que estuvieron
sometidas por siglos. Como pensador reaccionario, Fukuyama detecta los problemas, pero no
es capaz de ver los aspectos positivos del cambio social.
Frente a esta posición involutiva debe afirmarse que la crisis de la forma clásica de familia no
significa el fin de la familia. En su trabajo "La familia en España. Pasado y presente", David S.
Reher ha puesto de relieve la inexactitud de la idea de la quiebra de la familia a causa de la
modernización social y económica, aunque admite que las formas familiares y la organización
de la familia han experimentado fluctuaciones. Como señala Lluís Flaquer, no es posible ni
deseable el retorno al régimen patriarcal; la familia ha perdido consistencia institucional, pero
ha ganado intensidad psicológica y emocional; ya no hay una familia con mayúscula, con un
patrón normativo único, pero existe una pluralidad de familias con minúscula, formadas por
personas que todavía creen que esta aventura vale la pena y que se organizan según su leal
saber y entender.
Es decir: el matrimonio no es el único medio de acceder a la realidad familiar plena, por cuanto
-en la dinámica tozuda de los hechos- la familia ha dejado de ser una realidad institucional
rígida, de acceso exclusivo a través del matrimonio. A la familia también se accede a través de
la posesión de estadoque genera una unión estable de pareja. De la familia rígidamente
institucionalizadase está pasando, con rapidez, a la familia susceptible de una ordenación
individualizada. Es decir, de la familia única a una pluralidad de formas familiares, en las que se
mantiene incólume idéntica esencia: constituir un espacio de solidaridad inmediata.
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