ABC, 6 febrero 2000

Editorial

La familia y algo más

La última década del siglo XX se ha caracterizado por un tipo de escasez completamente distinta a la de los dos decenios precedentes. Si entre 1970 y 1990 el mundo vivió pendiente de la insuficiencia y el alto precio de los recursos naturales, en los dos últimos lustros es el nulo crecimiento de la población y su progresivo envejecimiento lo que está planteando serias incertidumbres en las sociedades occidentales. Las dificultades económicas derivadas de largos periodos de crisis con alto nivel de paro, y el progresivo acceso de la mujer al trabajo han llevado a un descenso preocupante de la tasa de natalidad. Y, al mismo tiempo, los avances de la medicina han desembocado en una mayor esperanza de vida al nacer, en una menor mortalidad infantil y en una mayor longevidad real. La población europea se está deslizando aceleradamente hacia un crecimiento cero. Mientras en algunos países nórdicos la tasa de reposición poblacional es ya negativa, en otros, como España, la tasa de natalidad se ha reducido a la mitad en menos de una década y se sitúa ya en el 0,7 por ciento y la composición familiar ha descendido desde 2,6 hijos por familia, en los años sesenta, a 1,3 hijos a finales de los noventa.

Tres tipos de problemas, a cual más inquietante, habrán de ser abordados sin demora por los políticos responsables: la inminente reducción de la población total, el envejecimiento de los ciudadanos y la protección a la institución familiar. La población española está estancada desde hace varios años en torno a los 40 millones de habitantes y la previsión para el próximo siglo, si no se producen cambios profundos, es que apenas sobrepase los 35 millones. No es un simple dato demográfico lo que puede cambiar: es todo un universo de poderes políticos, sociales y económicos lo que está en juego. La prolongación de la vida plantea por su parte incógnitas no menos preocupantes. ¿Cómo financiar a cada vez más pensionistas y durante más años con cada vez menos jóvenes que acceden al trabajo y permanecen en él menor tiempo? Y, por último, ¿es posible que los poderes públicos fomenten algún tipo de política de natalidad en un mundo en el que cada vez es más difícil mantener los tradicionales esquemas de valores del humanismo cristiano?

Pese a las recientes mejoras puestas en marcha por el Gobierno, España está todavía a la cola de Europa en ayudas oficiales a la familia: un 0,9 por ciento del PIB frente al 3,5 en Italia, 8,1 por ciento en Francia, 9,9 por ciento en el Reino Unido y 5,3 por ciento en Irlanda. Sea cual sea la respuesta que los políticos den a estos retos en un futuro inmediato, lo que parece urgente es que definan un sistema de protección familiar más eficiente, que posibilite la renovación generacional, ayude a las familias a soportar los costes de la crianza y permita hacer compatible la vida laboral y familiar.

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